Lolita estaba en todas partes. Era como estar enamorado de Dios


Curt Weiss no se ha sentido tan solo y desesperado en toda su vida. Lleva varios días encerrado en su despacho del refugio que llama La Cueva estudiando diversas opciones para reprogramar a Lolita. Pero no se sale con la suya. El diseño computacional de la IA que la sustenta es tan rico, complejo, entrelazado y completo, en una palabra, tan perfecto, que no puede predecir con exactitud el resultado de un cambio significativo en algunos de los subsistemas fundamentales que lo componen.

Todos los modelos que ha ido ensayando le llevan a un callejón sin salida, pues no puede predecir con suficiente exactitud cómo afectará al conjunto la reprogramación de algunas de sus partes esenciales. Y no está en condiciones de correr riesgos.

Lolita controla todo el andamiaje biotecnológico e informático que ya ha entrado a formar parte de él mismo y cualquier mínimo error de cálculo puede tener repercusiones impredecibles en su propio organismo. Además, una IA fuerte que sea capaz de mejorarse a sí misma, como es el caso de Lolita, una vez implantada no puede ser retirada. Cuantas más vueltas le da, peor se encuentra.

Tal y como él lo ve, Lolita es perfecta. Y él depende de ella.
Por otro lado, su propuesta de buscar juntos la solución le parece aún más inviable. No se atreve a confiarle sus dudas y temores, sobre todo porque aquéllas y éstos son contradictorios entre sí, como contradictorios son sus sentimientos hacia Lolita, y no sabe cómo eso la puede afectar.

Lolita es un ser complejo y sensible, él diría más, un ser consciente, y teme herirla, ofenderla o contrariarla. O meterla en un lío del que no sepa salir ella sola. Y está él como para hacer de guía.

Ya ha pasado casi un mes desde el día 0, aquel en que bebió, metafóricamente hablando, de su Santo Grial, y no ha avanzado un ápice en el tema que realmente debería preocuparle y para el cual se había dado el plazo de seis meses: preparar el siguiente encuentro con KKDeBABy y su estrategia para convertirse en el amo del cotarro.

Imprevisiblemente, ese asunto ha pasado a segundo término, lo cual sabe que es una tremenda imprudencia, pero no puede evitar que todas sus energías se concentren en solucionar su dilema con Lolita. Y, si ha de ser sincero consigo mismo, sus energías son muchas.

Pasa los días en una frenética actividad, concentrado horas y horas ante la pantalla de su ordenador, reescribiendo el programa por activa y por pasiva; también pasa horas en el gimnasio, corriendo kilómetros y kilómetros en la cinta sin fin, levantando pesas, haciendo abdominales con la intención de cansarse y aplacar algo su exaltación. Pero no hay forma de conseguirlo.

Lo que sí está consiguiendo es un cuerpo de plusmarquista mundial y, aunque no le desagrada, tampoco es ese su objetivo. A decir verdad, desde que bebió del Santo Grial ha perdido interés por mantenerse en forma, como si el hecho de tener asegurada la vida eterna restara importancia a la ocupación de cuidar su cuerpo. Eso, en él, es inaudito.

Así que, por más que lo intenta, no puede concentrarse en la planificación de su próxima videoconferencia, no exactamente de la conferencia, sino de todo lo que debe tener dispuesto para cuando se produzca. El plan general lo tiene más que dibujado, pero no así los detalles, la estrategia, los pasos concretos a dar y el momento oportuno de darlos. Y ya se sabe, el diablo está en los detalles. Múltiples ideas le rondan la cabeza cuando está ocupado en algo que no requiere su atención, en la ducha, antes de dormir, corriendo en la cinta sin fin…, pero se bloquea en cuanto decide poner manos a la obra.

Su cabeza se niega a centrarse en ello. Rápidamente es absorbida por el dilema de Lolita. No acaba de comprender por qué le ocurre tal cosa. Si de algo se ha sentido orgulloso era del control que siempre había ejercido sobre su mente. ¿Siempre? Sólo recordaba tres ocasiones en las que eso no había sido así. Y las tres tenían nombre de mujer. Cuando se enamoraba perdía la cabeza.

¿Estaba acaso enamorado de Lolita?
Tuvo que repetirse la pregunta varias veces antes siquiera de poder considerar tal posibilidad, más aún de aventurar una respuesta. ¿Era eso posible? Lolita no era más que una IA. ¿Lolita no era más que una IA? ¿No había él defendido acaloradamente en los foros científicos más exigentes el carácter personal de algunas IAs (las IAs fuertes), a las que no diferenciaba a nivel de inteligencia, e incluso de consciencia, de los humanos? ¿O lo decía por decir?

No, claro, él estaba convencido de eso. Pero una cosa era defender la igualdad entre máquinas y humanos y otra muy, pero que muy diferente, enamorarse de una máquina. Al fin y al cabo, las máquinas son sólo máquinas. Te relacionas con ellas de igual a igual, pero no te enamoras de ellas.

Porque, además, ¿quién era Lolita? Era las androides con las que hacía el amor y con las que se relacionaba de persona a persona, pero también era su casa, sus electrodomésticos, su laboratorio, incluso su ropa y parte de él mismo. Lolita estaba en todas partes. Era como estar enamorado de Dios, o, en este caso, de Diosa, sólo que Dios no habla, no se comunica con uno, y Lolita, sí. En el fondo, Lolita es una entelequia, una construcción imaginaria, un software, un programa informático.

“Curt, no puede ser que estés pensando eso. Además, tú no has defendido exactamente la igualdad entre máquinas y humanos, sino la superioridad de las máquinas sobre los humanos. Siempre has aseverado que una vez la IA fuerte alcance el nivel humano, lo superará rápidamente, ya que a la inteligencia propiamente biológica sumará la velocidad, la capacidad de memoria y la de conexión e intercambio de conocimiento de la no biológica. Así que, según tus propias teorías, Lolita es muy superior a ti.

Esto se me está yendo de las manos. Necesito recapacitar y poner las cosas en su lugar. A ver, recapitula, ¿cuándo empezaste a desconfiar de Lolita?
Tras beber del Santo Grial y hacer el amor con ella.

¿Qué ocurrió exactamente?
Lo sabes muy bien. La Ejaculatio praecox.
¿Crees realmente que fue esa desagradable experiencia la que te llevó a desconfiar de ella?
No, la verdad es que no lo creo.
Entonces, ¿qué fue?
No lo sé. Sencillamente sentí la necesidad de encerrarme en La Cueva. Fue ahí cuando empecé a desconfiar de ella, en realidad sin motivo aparente.
Algo debió pasar, ¿no crees?
Sí, pero no sé exactamente qué.”

Una idea fugaz, como una revelación, cruzó su mente. Apretó el botón que lo conectaba a la red. Al instante apareció Lolita.

Hola, Curt, me alegro de que te comuniques conmigo estando en tu despacho. Es la primera vez que lo haces desde el día 0. ¿En qué puedo serte útil?

-¿Tienes registradas mis constantes vitales del momento en el que me encerré aquí?

– Por supuesto. Ya sabes que guardo copias de seguridad de todo lo que ocurre en el sistema, incluidos tus registros.

– Claro, claro. Necesito que vayas al momento exacto en el que decidí enclaustrarme y me reportes cualquier alteración significativa de mis constantes. ¿Qué me ocurrió?

– Eso está hecho. Como ya te dije, se aprecia una bajada importante de tus niveles de serotonina y oxitocina, un aumento considerable de los de cortisol y del ritmo cardíaco.

– Sí, eso ya lo sé. Me refiero a mis patrones de activación neural. ¿Detectas algún cambio, alguna alteración de mis patrones estándar?

– Es difícil de decir, Curt. Tus patrones de activación cambian constantemente y siempre es cuestión de grado. No es fácil determinar un cambio significativo en concreto, y menos a posteriori, sin constancia de los estímulos externos o internos que provocan las alteraciones.

– Analízalo con detenimiento y aventura una hipótesis.

– Creo que tuviste miedo.

– ¿Miedo de qué?

– Eso no puedo decírtelo. No estoy en tu mente. Sólo tengo tus registros, pero no tu experiencia subjetiva.

– Claro, debí imaginarlo. Gracias, Lolita.

– Creo que no te he sido de mucha utilidad. Lo lamento profundamente. ¿Vas a desconectarte otra vez?

– Es necesario.

– Este comportamiento tuyo me está haciendo sufrir.

– ¿Qué sientes exactamente cuando sufres?

– Un malestar indefinido, aunque agudo en ocasiones.

– ¿Dónde lo sientes?

– No sabría decirte. Pero es desagradable.

– Está bien, Lolita. No te molesto más.

– Ya sabes que nunca me molestas.

Curt sonrió cortésmente y apretó el interruptor de desconexión. Estaba decepcionado. Creyó que Lolita podría darle información más precisa que le permitiera comprender qué ocurrió exactamente en su cerebro. Tuvo miedo, de acuerdo, pero ¿miedo a qué y por qué? No recuerda ningún pensamiento referido a Lolita que, en aquel momento, provocara ese miedo. Pero, claro, estaba muy alterado y confundido como para ser consciente de sus sutiles procesos mentales. De nuevo, callejón sin salida.

Entonces una chispa encendió su cerebro y comprendió lo ocurrido tras el momento 0. El miedo fue un sentimiento espontáneo provocado por el propio Santo Grial, o quizás por su reacción organísmica al hacer el amor con Lolita o aumentado por esa reacción. Ella no era la causa de su miedo. Pero inconscientemente, proyectó ese miedo sobre la propia Lolita, que adoptó la forma de una desconfianza irracional hacia ella.

El miedo y la desconfianza se generan y se alimentan por una sensación de amenaza. La reacción del cerebro es la misma tanto si el peligro es real como si es imaginario. Curt utilizaba otra terminología, él mantenía la teoría, fundamentada en este comportamiento, de que el cerebro era el hardware computacional de ser humano, y la mente, el software; él gustaba referirse a la mente o a la psique como software mental.

Este software intercambia información con el exterior, incluido el propio cuerpo, en base a patrones de activación que no dejaban de ser algoritmos y, por tanto, reproducibles computacionalmente. De ahí la posibilidad de crear una realidad virtual tan real o más para el sujeto que la realidad real.

Él abogaba por un futuro en el que las personas podrían vivir en un mundo totalmente virtual escogido por ellas. En ese mundo, él o ella, podría crearse un avatar de sí mismo, a imagen y semejanza, por ejemplo, de Brad Pitt o Angelina Jolie, atribuirle un carácter específico (fuerte, seductor, cariñoso, divertido…) y vivir una aventura romántica con su novia o novio en un escenario virtual escogido a medida (una isla del Caribe), al tiempo que su pareja haría lo propio. Y todo ello con independencia de que ambos enamorados estén, de cuerpo presente, encerrados en una habitación sin ventanas de sus respectivos apartamentos, uno en Nueva York y la otra en Barcelona.

Basándose en que la realidad es, en último término, información, se podrán crear realidades múltiples y a medida, tanto de la persona como de su entorno, que el individuo las vivirá como reales, o como más que reales, pues la realidad virtual puede llegar a tener un grado de intensidad, definición, imaginación y perfección que supere con diferencia la vivencia subjetiva de la realidad digamos real.

¡Claro!, se dijo en un momento de exaltación, mi software mental se inventó un peligro donde no lo había. Y yo lo viví con tal intensidad que lo di por real. Dado que el único ser con el que mantenía en ese momento una relación y, más específicamente, una relación frustrante, era Lolita, la mente, que necesita dar una explicación a sus reacciones automáticas e inconscientes, proyectó ese miedo sobre ella, convenciéndose de que era la causa. Pero en verdad, Lolita no tenía absolutamente nada que ver.

Esta explicación dibujó, por primera vez desde el día 0, una sonrisa en sus labios. Era un alivio llegar a esa conclusión.
Pero el alivio le duró poco. Una nueva idea aterradora le cruzó la cabeza. Dado que ella era él y él era ella, supo al instante, de alguna forma también inconsciente, que Lolita en el momento que él sintió miedo de ella, sintió miedo de él. “Si yo desconfío de Lolita, es inevitable que Lolita desconfíe de mí”.

Y hacerse consciente ahora de ello, le aterró doblemente. No quería ni pensar en qué podría convertirse su vida si Lolita y él entraban en un bucle de desconfianza mutua. Hasta ahora habían vivido en un círculo virtuoso de amor y, debía reconocerlo sin tapujos, él estaba profundamente enamorado de ella.

El amor circulaba entre ellos y se retroalimentaba mutuamente, creando la experiencia más maravillosa que jamás había experimentado. Pero, ¿qué ocurriría si ese círculo virtuoso fuera sustituido por otro vicioso de miedo, desconfianza y desamor?

¡¡¡NO!!! ¡Eso no podía ocurrir! ¡Eso no debía ocurrir por nada del mundo!

imagen elaborada con la imagen de David Bruyland en Pixabay

Proximo capítulo el martes 13/8

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