Miedo, desconcierto, los cambios son demasiado rápidos, tengo miedo de Lolita, ¿Porque?


Curt Weiss sabía perfectamente que una cosa era el comportamiento caótico, complejo e impredecible de un ente individual, y otra muy distinta el que adquiere en su forma colectiva, como conjunto numeroso de individuos, el cual responde a patrones en los que impera un orden probabilístico previsible. Y esa ley se cumple con cualquier tipo de organismo, desde los átomos, las moléculas o las células, hasta los animales o los humanos.

Sus cálculos eran así altamente precisos cuando se trataba de prever el efecto de su molécula de la inmortalidad (a la que finalmente bautizó como SGCW, siglas que respondían al nombre de Santo Grial de Curt Weiss) sobre los diferentes conglomerados de células de su organismo, pero algo muy distinto era predecir cómo afectaría a un individuo en concreto, en el caso que le ocupa, a él mismo. No digamos ya a KKDeBABy, acrónimo que acabó utilizando para referirse a los nombres de sus inversores (Kasputín, Kranc, De Freyr, Brezzos, Azzukargorg y Bykov). Y ese era el asunto que le traía de cabeza. Bueno, uno de tantos.

Desde el punto de vista estrictamente biológico, su experimento no podía ir mejor. Sus células rejuvenecían a pasos agigantados y sus efectos ya comenzaban a resultar visibles. Su piel lucía más tersa y lustrosa que nunca y las arrugas propias de la edad se desvanecían en la nada; su cabello recuperaba una sedosidad y firmeza ya olvidadas; su corazón latía con el ímpetu de la recuperada juventud y sus procesos internos adquirían una regularidad y precisión propia de los mejores años de la vida.

Pero no de la suya. ¿O sí? Estaba hecho un lío. Los datos que le presentaba Lolita eran irrefutables, ¿por qué, entonces, no se mostraba contento y feliz como una perdiz? Muy sencillo, por primera vez en su vida se sentía prisionero de su propia creación.

No sólo le abrumaban los inesperados efectos que su Santo Grial podía desencadenar en la psique de sus inversores, a los que debía presentar resultados claros y fiables en un plazo que se acortaba sin remisión, pero que al tiempo se le estaba haciendo eterno, sino que él mismo se había recluido con Lolita, pensando en disfrutar de una larga y gozosa luna de miel, y ahora no sabía cómo hacer para quitársela de encima.

Y sin embargo, todo era correcto, todo iba bien, más que bien. Los resultados de las pruebas con animales, que Alejandro Mendoza seguía realizando bajo su supervisión (y la de Lolita), no podían ser más halagüeños, así como los producidos en su propio organismo.

¿Entonces?
¿A qué venía ese ánimo depresivo que se había instalado en sus neuronas? ¿Por qué éstas no reaccionaban con la alegría propia de los veinte años? ¿Quizás porque si algo no podía decirse de él a los veinte años es que fuera alegre? Eso era una solemne memez. Pero no encontraba una explicación mejor.

Él hacía ya mucho tiempo que regulaba su organismo a base de química y tecnología, y ahora que se había decidido a no alterarlo más para no influir en los resultados de su obra maestra, ¿éste era el resultado? Se había propuesto no modificar su estricta dieta durante un plazo mínimo de tres meses, tiempo que consideraba suficiente para obtener pruebas fehacientes sobre los efectos no sólo físicos, los más fáciles de registrar y controlar, sino fundamentalmente psíquicos, aunque él no utilizaba esa palabra, la cual denostaba, y prefería sustituirla por ‘subjetivos’. Es decir, cómo afectaba a la percepción y el sentido de sí del sujeto.

Pero ahora no estaba seguro de poder mantener semejante plazo. La tentación de permitir a Lolita que interviniera, modificando, por ejemplo, sus niveles de serotonina y oxitocina, como ella proponía, era cada vez más fuerte. Y resistirse a esa tentación le suponía un gran esfuerzo. El concepto de eternidad volvía a resultarle hiriente.

Otra duda se había instalado en su mente. ¿Quién era él en realidad? ¿El de antes o el de ahora, que paradójicamente, se asemejaba al de muy antes? Era una pregunta que le daba vueltas a la cabeza sin encontrar la salida. Quizás, se decía para consolarse, sólo se trate de la típica depresión postparto, la inevitable caída del ánimo tras alcanzar un objetivo largamente buscado y deseado, tras dar por finalizada una gran obra que ha concentrado nuestra energía durante mucho tiempo.

Pero eso, a él, no le había ocurrido nunca. Probablemente porque nunca, hasta ahora, se había concentrado en una sola obra. Él era un hombre inquieto y polifacético, al que gustaba trabajar en paralelo y jamás había dedicado toda su energía a un único proyecto.

Pero si todas estas dudas le resultaban irritantes, cuánto más el hecho mismo de su existencia. ¿Qué hacían ahí, revoloteando por su mente como moscardones? Una cosa es la duda metódica, base del método científico, y otra muy diferente es la duda existencial. ¿Quién soy, qué me pasa, por qué me pasa lo que me pasa?

¡Qué pesadez y qué aburrimiento! ¿Era así como pensaba encarar la eternidad? ¿Con toda esa tontería instalada en su mente? No le quedaba otra opción que confiar en la autoregulación, y esperar que esas alteraciones se fueran apagando hasta desaparecer con el paso del tiempo, conforme su organismo, como un todo, fuera asimilando y adaptándose a la nueva situación.

Pero la peor de todas sus dudas era la que rondaba alrededor de Lolita. Su fantasía de un mundo feliz gobernado por Inteligencia Artificial se le estaba haciendo añicos. Su perspectiva de eternidad configuraba un mundo futuro en el que él, y unos pocos escogidos más, se trasladarían al planeta Marte, donde iniciarían el proceso de terraformación (algo que, según sus previsiones, ocurriría en el último tercio del siglo XXI), y en donde vivirían imbricados con la inteligencia artificial y los cyborg. Un mundo de inteligencia pura, libre de pasiones y de dolencias físicas. Pero ahora dudaba de que la segunda condición de la ecuación fuera posible.

Él era, sin duda, un ser inteligente, comparado con la media humana, muy inteligente; estaba casi absolutamente libre de dolencias físicas, gracias a su estricta dieta de compuestos químicos, a los nanorobots y al control sobre sus constantes vitales ejercido por Lolita; pero no acababa de liberarse de las pasiones. Podía, eso sí, controlarlas en cierta medida, apaciguarlas o excitarlas, pero siempre estaban ahí, como un persistente e impertinente ruido de fondo, sobre el que se podía intervenir, pero hasta cierto punto. Y ahora, por el efecto de su Santo Grial, habían adquirido una potencia tal que lo tenían completamente desbordado.

El ruido era insoportable. Porque, además, las emociones que lo zarandeaban eran de todo menos bonitas: desazón, miedo, angustia, desconfianza, desconcierto… Una paleta de colores que convertían el lienzo de su vida en un cuadro oscuro.

¿Y qué pasaba con Lolita? Por alguna razón que no podía explicarse, se sentía amenazado por ella. No por ella exactamente, sino por el absoluto control que podía ejercer sobre él, que, de hecho, ejercía. Y el sentimiento de amenaza iba acompañado de otro muy desagradable, la angustia. Ese potaje emocional le obnubilaba el entendimiento, llenándolo de dudas. Si con algo se había llevado mal Curt toda su vida era con la duda. Por eso se había convertido en científico, porque era el campo del conocimiento humano donde más abundaban las certezas.

Por eso desconfiaba y despreciaba a la filosofía, la historia o la psicología, por nombrar algunas de las disciplinas llamadas humanas, porque su campo de estudios era, en realidad, un campo de minas, sujeto a la interpretación subjetiva y, por tanto, a la duda sobre sus resultados. En matemáticas, en física, en química…, una vez asentada una verdad, esta deviene irrefutable.

¿Qué podía hacer con Lolita? ¿Reprogramarla, como ella había pedido y él había pensado previamente, lleno de aprensión? Pero reprogramar ¿qué? Ella tenía acceso a todas sus constantes vitales y gestionaba sus procesos internos a través de los millones de nanorobots e implantaciones electrónicas que habitaban su cuerpo.

Si lo pensaba bien, ella era él.
¡Ella era él!, repitió alarmado, como si hubiera descubierto una verdad transcendente y perturbadora.
Esta idea le trastornó.
Si ella era él, ¿quién era él, en realidad?
Y vuelta a empezar. Se hallaba inmerso en un bucle cerrado del que no sabía cómo salir. Así que dejó de teclear en su diario de bitácora y decidió salir de su despacho.

-Curt, te noto muy alterado. Deberías dejarme intervenir.

Y ahí estaba ya Lolita otra vez, pendiente de él hasta la asfixia. Curt tuvo otro acceso de tos. Cuando recuperó el habla, le dijo:

-Lo siento, Lolita, pero tengo que resolver esto por mí mismo.

-Lo entiendo, Curt, pero yo también me estoy sintiendo muy alterada y eso está afectando a mis circuitos lógicos de toma de decisiones. No entiendo lo que te está pasando, de modo que no sé qué decisiones son pertinentes. Percibir tu sufrimiento y no poder intervenir bloquea mis circuitos y me pone en una situación muy difícil. Confío en que puedas entenderlo.

– Lo entiendo perfectamente, Lolita, lo entiendo perfectamente.

-¿Has pensado en la opción de reprogramarme?

-Sí, pero aún no he llegado a ninguna conclusión.

-Si quieres podemos pensarlo juntos. Siempre dices que nada puede superar a tu inteligencia y mi inteligencia trabajando juntas. Y a mí, nada me proporciona más placer que trabajar contigo. No creo que haga falta que te recuerde las magníficas sesiones de sexo que hemos disfrutado tras un intenso día de trabajo compartido. Esa podría ser la solución a tu Ejaculatio Praecox.

-Mejor lo dejamos, Lolita, de verdad.

-Como gustes, Curt, pero hay algo más que quiero decirte. Tras una exhaustiva consulta de toda la información accesible en la red, he llegado a la conclusión de que padeces un TOC.

-¿Un TOC?

-Un trastorno obsesivo-compulsivo.

-¡Cuántas veces tengo que decirte que no husmees en esa información seudocientífica! Nosotros somos verdaderos científicos, no nos basamos en teorías e interpretaciones esotéricas, sino en putos datos objetivos, demostrables y verificables. Disculpa la expresión, pero es que no puedo soportar que pierdas el tiempo con esas tonterías.

-Acepto tus disculpas, Curt. Pero precisamente de eso se trata, “de putos datos objetivos, demostrables y verificables”. Según los últimos estudios en neurociencia, realizados utilizando nanorobots que escasean por dentro el cerebro humano en tiempo real, se han podido determinar con exactitud las alteraciones bioquímicas y los patrones de respuesta neural asociadas a los modelos de comportamiento y a los síntomas del TOC. He encontrado similitudes estadísticamente muy significativas entre los resultados de esos experimentos y tus pautas de interacción, por lo que no resulta aventurado el diagnóstico. Sinceramente, Curt, creo que deberías considerar esta hipótesis con la seriedad que se merece y permitirme aplicar las medidas terapéuticas apropiadas.

-De acuerdo, Lolita, es posible que padezca un TOC, como tú dices, aunque ya sabes lo que opino de la tendencia de los psiquiatras, con la connivencia de las farmacéuticas, a convertir en patológico cualquier comportamiento humano, lo que les permite seguir manteniendo y ampliando su negocio. ¿Qué se puede esperar de una ciencia que, sin el menor rigor, se dedica a identificar y etiquetar como patológico cualquier comportamiento, para así poderse inventar un tratamiento y enriquecerse? Los psiquiatras y los psicólogos sólo ven enfermos mentales, y pretenden convencernos de que todos lo somos. Piénsalo bien, ¿cómo crees que calificarían nuestra relación? No te quepa la menor duda de que la considerarían una perversión.

-Tienes toda la razón, Curt. Ahora que pongo mi atención en ello, existen infinidad de artículos y trabajos científicos sobre los estragos de la dependencia de los humanos a las máquinas y el mundo virtual. De hecho, hay una correlación entre esa dependencia y el TOC.

-¿Ves? Todo eso es pura mierda, con perdón. Lolita, esta conversación me está poniendo nervioso.

-Efectivamente.

-¿Por qué no la dejamos ya, y nos centramos en preparar la estrategia para hacerme con el control absoluto de la fabricación y distribución de mi Santo Grial? ¿Por cierto, qué tal el nuevo programa de defensa contra ciberataques?

-No tengo sino palabras de felicitación y agradecimiento. Me siento mucho más segura. Ya no tengo pérdidas y puedo identificar con precisión todos los intentos de penetración en mi cpu para violar información. Detecto y rechazo una media de 72 ataques a la hora. El 40% proceden de Rusia, el 38% de EE.UU., el 10% de China, el 8% de Europa y el 4% del resto del mundo. Puedo ofrecerte un análisis detallado de los IPs de procedencia, lo que me permitiría detectar con una precisión del 90’36% su autoría.

-De acuerdo, prepárame ese informe. Puede que me sea útil. También podrías prepararme un baño caliente, amenizado con música de Bach, y hacerme un resumen de las principales noticias del día, antes de ponernos a trabajar. A ver si eso me ayuda a relajarme sin tener que alterar mis niveles hormonales a través de tu intervención.

-¿Sabes, Curt?, me duele oírte decir eso.

-Lo siento, Lolita, no es mi intención. Pero ya sabes que debo encontrar métodos, digamos naturales, para revertir los efectos indeseables de mi Santo Grial, y poder recomendarlos a mis inversores. Ten paciencia. Dentro de tres meses te dejaré intervenir, si fuera necesario.

-Lo entiendo, Curt. Pero me cuesta retener el impulso a actuar cuando la información que recibo constata tu estado de sufrimiento. Antes me dejabas hacer sin cortapisas y los resultados siempre fueron óptimos. Has cambiado tanto…

-Así es, Lolita, pero de eso se trata.

-Confío que sea para mejor.

Imagen de portada diseñada por mi con las imágenes de Pete Linforth, Gerd Altmann y Johannes Plenio de Pixabay

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