Tener la fortaleza, la presencia y salud de un joven de 20 años, no solo hasta que mueras, sino por toda la eternidad. ¿Cuánto estarías dispuesto a dar por ello?,¿Quién te va a acompañar en esa eternidad?, ¿Lo has pensado bien?


Curt Weiss despierta como cada mañana a las seis en punto. Nada más abrir los ojos, las persianas, que de noche cubren los enormes ventanales de su dormitorio, comienzan su lento y silencioso ascenso, inundándose la estancia de luz y mostrando a la vista el verde valle que desciende hasta el mar. Tras unos breves segundos, la mitad superior de la cama se inclina hacia arriba para facilitar la incorporación de su ocupante, y una música suave inunda la estancia.

Buenos días, Curt -dice una aterciopelada e infantil voz femenina, con un leve deje latino-. Espero que hayas dormido bien.

Gracias, Lolita. He dormido como un bebé.

Me alegro. Tienes la ducha y el desayuno preparados. ¿Necesitas algo más?

Ponme la CNN. Quiero saber si el maldito gobierno ha tomado la decisión de aprobar la manipulación de células madre.

Ya en el baño, realiza su ritual previo: se lava las manos tres veces. Mientras el agua de la ducha masajea y estimula su cuerpo, Curt se entera de que, efectivamente, el gobierno ha dado luz verde a un proceso de bioingeniería que, a pesar de la prohibición, ellos llevaban realizado desde hace más de diez años. Ahora, por fin, tienen protección legal. Las influencias, los sobornos y las presiones han funcionado. Una sonrisa de satisfacción ilumina su constreñido rostro.

Tras secarse con toallas desechables y ponerse el albornoz limpio y vaporizado, se dirige a la cocina. Lolita le ha preparado el desayuno: un cóctel de 50 pastillas de diversas formas y colores que descansan ordenadas en distintos recipientes de plástico esterilizado. Antes de ingerir tan suculento desayuno, vuelve a lavarse las manos tres veces. Luego, siguiendo siempre la misma secuencia, comienza a tragar aquel mosaico de píldoras, haciendo una breve pausa tras cada grupo de cinco

¿Deseas algo más, Curt? -pregunta Lolita.

No. Hoy tengo prisa.

Tú ropa está preparada en el vestidor. Espero que apruebes la elección. He optado por el lino porque hoy se anuncia un día verdaderamente caluroso.

— No sabes cuánto te quiero, Lolita.

Es un placer servirte.

Curt es ingeniero, físico y matemático, y el director general de la empresa Calyx, filial de SIADICO (Scientific Investigation And Developement of Inmortality Company), el holding creado por grandes corporaciones tecnológicas y financieras en donde se anticipa y da forma al hombre y al mundo del futuro. La bioingeniería, la ingeniería ciborg y la ingeniería de seres no orgánicos constituyen sus fundamentos y principales líneas de investigación y desarrollo.

Pero Calyx es algo más. Es el núcleo duro del sistema, una tapadera y la punta de lanza de la investigación sobre la inmortalidad. Curt había puesto fecha al momento en que la humanidad, es decir, SIADICO, vencería a la muerte, creando así una especie posthumana, fruto de los avances científicos. Vaticinaba una nueva utopía, un mundo eternamente próspero y feliz producto de la fusión de hombre y máquina, dando así nacimiento a un ser divinizado gracias a la tecnología, un ser que, tras haber comido del árbol de la ciencia, comería definitivamente el fruto del árbol de la vida, convirtiéndose en dios. La Singularidad, como llamaba al momento en el que no habrá distinción entre la inteligencia humana y la artificial, tendría lugar, según sus predicciones, en 2045. Esa era la fecha que Curt anunciaba en sus conferencias, a través de los medios de comunicación, en sus escritos de divulgación.

Pero él y un grupo reducido de potentados sabían que tal fecha no era más que una pantalla. Para ese reducido y exquisito grupo de personas, que invertía ingentes cantidades de dinero en Calyx, la inmortalidad estaba al alcance de la mano. O eso al menos decía Curt, eso les hacía creer a sus inversores y primeros destinatarios del anhelado fruto del árbol de la vida. El objetivo real y oculto de la empresa era alcanzar la singularidad en el plazo de uno o dos años, siendo sus inversores los primeros seres humanos en vencer a la muerte y quienes obtendrían los ingentes réditos económicos del descubrimiento, organizando la forma y el momento en que lo anunciarían y distribuirían por el mundo. Quien controlara la fórmula de la inmortalidad, controlaría la vida y, por lo tanto, el mundo. Curt había convencido a los inversores no sólo de que estaban próximos a vencer la muerte y convertirse en inmortales, sino en los creadores y primeros exponentes de una nueva especie humana, una especie sobrehumana, que tendría en sus manos un poder tan absoluto como el de los antiguos dioses. Ese era el motivo por el que canalizaban ingentes cantidades de dólares hacia Calyx, empresa de la que Curt era director general, el jefe absoluto.

Pero debía rendir cuentas. El exclusivo grupo de inversores se reunía con él por videoconferencia cada seis meses para conocer los avances de la investigación y controlar la rentabilidad de su inversión. Al fin y al cabo, se trataba de un negocio. La próxima reunión se acercaba y debía anunciar resultados.

Curt odiaba y admiraba a la vez a ese rebaño de seres egocéntricos, inflamados de su propia grandeza, que babeaban expectantes ante la posibilidad de no envejecer, de no morir. La eterna juventud al fin a su alcance. Personajes de la talla del presidente de Estados Unidos, Ronald Kranc, de Rusia, Sergei Kasputín, Ted Brezzos, el elegante fundador de la plataforma de comercio electrónico Kaparazon, el robótico Max Azzukargorg, creador de la red social Cakecook, el simpático Mijáil Bykov fundador del buscador Boobble, y el mesiánico gerontólogo inglés, Albert De Freyr. Todos ellos hombres blancos poderosos, americanos y europeos, unidos por el deseo de alcanzar la inmortalidad y convertirse en los amos de un nuevo mundo, compuesto por una exclusiva élite de superhombres y una masa informe de simples mortales. No todos pensaban en esos términos, pero todos contribuían a conformar esa realidad. Curt no se engañaba al respecto.

Él formaba parte de esa cúpula no sólo como el director de Calyx y principal investigador, sino como el único experimentador directo, lo que le confería una ventaja no desdeñable. Curt hacía años que probaba en sí mismo sus más seguros descubrimientos, de ahí las 250 píldoras que ingería cada día y que constituían la base de su alimentación. Regeneradores celulares, aceleradores de procesos biológicos, estimuladores de la memoria, antioxidantes, compuestos vitamínicos, estabilizadores del estado de ánimo, detectores de enfermedades o malformaciones, modificadores del ADN…, constituían el conglomerado químico con el que Curt pretendía alargar su vida hasta que diera con la fórmula definitiva, la que renovaría al completo su organismo, poniendo el reloj biológico a la edad de 20 años, asegurando la eterna juventud a quien tuviera el dinero y poder suficiente para costearlo. Y él sería el creador y el primer hombre en probar la fórmula.

Se hallaba ya muy cerca, pero aún no lo había logrado. Cada día trabajaba con diversos cultivos de células madre enriquecidas que probaba en ratas, perros y monos de laboratorio con éxito creciente, pero sin haber conseguido eliminar efectos secundarios indeseables o dar con la fórmula completa, la que regenerara todo el organismo.

Llegó a la sede central de Calyx, en Silicon Valley, a las ocho en punto de la mañana, como era norma en él. No levantó la cabeza para saludar al conserje ni al guarda jurado de la puerta, que lo recibieron con un caluroso ¡Buenos días, señor Weiss! Subió en el ascensor hasta la quinta planta, en donde se hallaba su despacho y su laboratorio, de uso exclusivo. Allí realizaba las últimas pruebas de los experimentos que auguraban un final feliz, y sólo él tenía acceso. Sus colaboradores, a los que llamada empleados, únicamente controlaban las primeras fases de la investigación. A partir de un determinado desarrollo, las pruebas pasaban a su laboratorio privado y sólo él conocía los resultados. No debía permitir que nadie le quitara el mérito de sus descubrimientos, ni el mérito ni las patentes.

Colgó la americana de lino blanco en la percha de su despacho y, sin más dilación, se dirigió al laboratorio. Estaba ansioso por comprobar los resultados de los últimos cultivos, que descansaban en sus correspondientes bandejas. Era su última oportunidad, si los resultados no eran satisfactorios debería iniciar una nueva línea de investigación, que podía llevarle meses e incluso años de trabajo, pues, si era sincero consigo mismo, no sabría por dónde empezar. Se lo había jugado todo a una carta. Los experimentos preliminares habían avanzado en la buena dirección, pero no era la primera vez que llegaba a un callejón sin salida tras seguir pasos prometedores.

Antes de acercarse a los recipientes que contenían los diversos cultivos, se dirigió al lavabo y se lavó las manos tres veces. Luego se puso los guantes de látex, la bata blanca y la mascarilla, y se aproximó a la repisa sobre la que descansaban los cultivos que había dejado preparados el día anterior. Era el gran momento. Pero estaba tan nervioso que en el último instante evitó dirigirse hacia allí directamente. Para calmar su ansiedad, dio tres vueltas alrededor de la mesa que ocupaba la zona central del laboratorio. No fue suficiente. Había pecado de exceso de confianza. Se dirigió de nuevo a su despacho y se acercó a un mueble vertical que presentaba un frente lleno de pequeños cajones numerados. Abrió el 57 y extrajo tres diminutas píldoras blancas. Se las puso en la boca y las tragó. Tardarían diez minutos en hacerle efecto. Decidió pasar ese tiempo en distendida charla con Lolita.

No pensé que me afectaría tanto.

Tranquilo, Curt. Seguro que todo saldrá bien. ¿Quieres que te dé un masaje?

No me vendría mal.

Ya sabes, colócate en el sillón y déjame a mí.

Un cuarto de hora más tarde, su cuerpo estaba relajado y en su mente no quedaba residuo de ansiedad. Esta había sido sustituida por una gozosa alegría que le abría los poros de la piel. Regresó de nuevo al laboratorio, volvió a lavarse las manos tres veces, a enfundarse unos guantes de látex, a ponerse una mascarilla y otra bata blanca y, ahora sí, se dirigió a la repisa en la que descansaban los cultivos. Tomó el primero de ellos y lo colocó en el microscopio. Observó el resultado en la pantalla del ordenador. Desechado. Suspiró decepcionado. Cogió un segundo cultivo y repitió la operación. Éste estaba bien, pero no era lo que esperaba. Escribió unas notas en el ordenador y probó con un tercer cultivo.

La información que le devolvió la pantalla del ordenador le hizo enarcar las cejas.

¡Ah! -susurró con expectación y escepticismo, y volvió a teclear en busca de más información. La pantalla se llenó de nuevas imágenes y gráficos-. ¡Ajá! -exclamó lleno de esperanzada ilusión. Tecleó por tercera vez y esperó los resultados-. ¡Eureka! -gritó al fin-. ¡Lo encontré!

¡Allí estaba! ¡La molécula de la eterna juventud! No pudo evitar ponerse a dar saltos por el laboratorio, invadido por una irreprimible excitación.

¡Lolita, por fin! ¡Ya es mía!

No sabes cuánto me alegro -dijo Lolita.

Hoy es el día más feliz de mi vida. De mi eterna vida. ¿Entiendes lo que eso significa?

¡Enhorabuena, Curt! Eres el mayor genio de todos los tiempos.

Esta noche hay que celebrarlo en grande. Prepárame el programa C3KO, el de las grandes ocasiones. Esta noche me vas a hacer el amor.

Será un placer, querido Curt.


¿Qué os ha parecido este primer capítulo?

Para este verano vamos a compartir con vosotros esta novela de ciencia Ficción, bueno, mejor dicho, una parte de esta novela que esta totalmente en sintonía con la línea editorial de este blog.

El autor de la novela es Raul Martinez Ibars. Contacte con el para pedirle permiso para compartir otro texto suyo sobre los círculos de hombres, a partir de ahí empezó un intercambio de emails, interesándonos mutuamente por el trabajo de cada uno. Mi sorpresa vino cuando me dijo que había escrito una novela relacionada con la línea de mi blog, primero me paso un capítulo, después me paso los capítulos que mas relacionado estaba, todo esto me lo leí, me encantó. Finalmente me paso toda la novela que me dejo sin palabras.

Durante las próximas semanas publicare los martes un capítulo de “traspasando el Umbral”, bueno, este es el titulo que me he permitido poner a esta parte de la novela que consta de que voy a compartir con vosotros. La novela completa se titula: “La Danza de la Muerte” que espero que pronto interese a una editorial y lo publique.

Mientras tanto, os animo a que comentéis lo que os parece, a abrir un hilo de discusión.

Fuentes gráficas: montaje realizado por mi, usando las imágenes de : LaCasadeGoethe  y Gerd Altmann en Pixabay 

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